Hace varios kilómetros que tengo que hacerle un cambio de aceite al auto. Varios kilómetros o días. Bueno semanas. Ok, meses…

No sé nada de autos. Y se me nota. Mucho. Llego al lugar no sabiendo nada. Enseguida se me viene a la mente la imagen de mi papá con su celular en mano haciéndome una pregunta. La imagen es un paralelo perfecto. Siento pena por él. Si por lo menos le pasara con la misma frecuencia con la que yo le hago “algo” al auto.

Estoy ahí y sé que la persona que me atiende ya detectó mi inseguridad. Sé que digo las palabras correctas, hay cosas que las hice varias veces, pero el problema está en que no me creo ni yo mismo lo que digo. Si este tipo me llega a preguntar algo que no esté en la rutina de un cambio de aceite voy a quedar completamente expuesto. A partir de ahí va a ser capaz de convencerme de colocar a mi auto un condensador de flujo y 1.21 gigavatios para viajar al futuro. Y sin necesidad de una tormenta eléctrica. ¿Y por qué no le creería? Si ni siquiera ni entiendo bien para qué funciona el aceite en un auto. Supongo que para que funcione el motor…

Por culpa, porque me crucé con un gran vendedor o porque así funciona nuestra cabeza formateada por el consumismo, cambié filtros de aceite, aire y tanque nafta. Me ahorro un par de pesos al comparar los gramos de un saché de mayonesa con relación a su precio, pero a la hora de elegir un aceite… el mejor, el más caro. Como si eso compensara mi ignorancia o falta de atención al auto. O para darle el gusto y no tener que justificar mi respuesta. Y cuando pensé que había terminado esta conversación entre un mecánico y un cavernícola… “¿Para siete mil o diez mil kilómetros?” No hace falta hacer la conversión de milímetros cúbicos con relación al precio, la respuesta es obvio. Diez mil quilómetros y si tenés un aceite para seiscientos mil, te compró dos. Cuánto más falte para el próximo cambio, mejor. No son tres mil de diferencia, sino seis mil ya que lo más probable es que me encargue cuando el auto lo pida a gritos.

Soy tan absurdo que hace quizás meses que vengo manejando con el aceite quemado, pero ahora tengo la necesidad de pagar por el más caro y mejor.

Una vez el auto en la fosa miro el proceso. Tengo la opción de volver a casa, pero disfruto verlo. Aquí se encuentran dos puntos que se resuelven con una misma reflexión. Si estaba tan cerca de mi casa y me resulta tan atrapante ver un cambio de aceite, ¿por qué espero tanto para hacerlo?

Por supuesto no bajo a la fosa y no sé qué está pasando allí abajo. Veo que cae aceite, sí. Pero… el cambio de filtro del tanque de nafta, ¿Se hizo? ¿Cómo sé que se hizo? Me conforma pensar que, aunque sepa de autos, podría ser igualmente engañado.

Terminada le experiencia, llegada la hora de pagar reflexiono. ¿Se supone que ahora el auto va a andar mejor? Aunque me gustaría, la respuesta es no. En todo caso no estoy arruinando el motor. De todas maneras, yo siento que el auto anda mejor y un gasto se convierte en una inversión.

Me voy con la falsa idea de que a partir de ahora le voy a dedicar más tiempo al mantenimiento de este hermoso bólido al cual no logro tomarle cariño.

Y aunque no me gusta manejar estuve toda la tarde deseando volver a usar mi auto que, aunque no sea cierto, para mi funciona mucho mejor.