Perdí una media. Una sola. Y lo sé justamente por eso. Porque tengo la otra para darme cuenta.
Hubiera preferido perder las dos. De esa manera nunca hubiera notado la pérdida. No es lo mismo que perder una remera o un pantalón. Además yo no me encariño con las medias. En ciertas ocasiones creo que ella se quiso perder. Las veces que perdí alguna y luego la encontré me surgió pensar: ¿cómo llegaste ahí? Se esconden muy bien las medias. No sólo se esconden sino que a también se acurrucan. Se hacen una pelotita.
Pero si son solo medias, ¿por qué me molesta tanto haber perdido una? ¿Por el absurdo de ver una media sola? Hay pocas cosas más inútiles que una media sola. Una sin la otra no sirve, no funciona el binomio. Es 80% algodón 20% poliester.
Un ejemplo muy tonto, (tonto el ejemplo, no el punto), un zar ruso tiene un par de medias que cuestan… supongamos que 50.000 dólares (el equivalente en rublos). En un acto de generosidad me regala una de sus medias. ¿Me regaló 25.000 dólares? NO. Solo me regalo un títere con ropa muy cara.
Sé que a esta altura debería tirar la media, si ya sé que no me sirve. Pero no puedo. Algo me dice que la otra en algún momento va a aparecer. Y pasan los meses y su compañera no da señales de vida. Pasarán los años y seguirá ahí esperando. Porque las medias saben mucho de fidelidad, no se van con cualquier otra que aparezca perdida. Hay una sola igual a ellas y por ella siguen viviendo.
Y en cada contacto visual con ella cuando abra el cajón para elegir un par completo, compartiremos el duelo por nuestra pérdida. Porque de alguna manera nos acompañamos en el sentimiento. Guardar ese pobre conjunto de rombos es como que se muera un familiar y tener el ataúd en casa.
Pasados varios meses le di un cierre a la cuestión y concluí en que quizás esta media sea más feliz sin su “media media” que con el olor de mis pies.
Una media sin la otra es justamente eso, media.
Deja una respuesta