
Hace muchísimas horas que discutimos. Bueno, en realidad empezamos hace unos días, pero las obligaciones nos fueron permitiendo pequeñas treguas, algo de “respiro”. Nos dan el tiempo y el espacio para revolcarnos en resentimiento. Nuestra voz interior, inspirada de odio, habla como si fuera un político en un acto de campaña. No solo se parecen en las formas, sino que a la distancia uno sabe que están llenos de mentiras.
Pasan los días sin hablarnos y en esta mutua fingida indiferencia hay espacio para urdir nuevas estrategias. Replantear criterios. Indignarse de nuevos descubrimientos. Conductas y respuestas que venimos dejando pasar. Transitamos nuevas y viejas emociones. Nos juramos decir basta, “hasta acá”, “nunca más”, “por última vez” y otros exitosos clichés de la pelea romántica.
Se aproxima el próximo round, pero a esta altura, la ira ocupa tanto espacio que es difícil que pueda entrar la escucha. Después de tantos auto-argumentos, la más empoderada es la victimización. Se abraza a nuestras convicciones para recargar nuestro orgullo y comienza el próximo round.
Días o semanas pudieron haber pasado, varía según el nivel de testarudez de las partes. Por volver a chocar o porque es insostenible vivir así, en la siguiente discusión, o en la otra (no importa cuál, la pelea es circular), ya cansados y habiendo hasta perdido algunos argumentos en el camino, por olvido unos o por viejos e inconexos otros, vamos perdiendo el hilo de la discusión.
En la abultada lista de argumentos enfrentados que nos tiene aquí encerrados, van surgiendo nuevas herramientas o recursos para dañar al otro. Así comienza el segmento artístico teatral de toda pelea. Idealmente sin público presente, en desafortunados casos frente a los hijos, amigos, extraños y hasta los vecinos del otro lado de las paredes, estos dos protagonistas suben a escena. Monólogos, llantos, gritos y “el plato fuerte de la noche”. La imitación del otro. Refritando frases recientes o latiguillos propios que tanto irritan al ajeno. Un espectáculo bizarro y papelonezco. Obviamente reprobado por el partenaire, donde la vergüenza ajena aclama por la propia que nunca llega. En esta interpretación, no solo se hace referencia a lo que se dice, sino a cómo se lo dice. Exagerando las formas, imitando el tono de voz con tintes de burla y hasta actuando exacerbados movimientos. La furia en el otro se contiene hasta explotar en un sarcástico aplauso. “Yo no dije eso”, “yo no hablo así”, su devolución y un ida y vuelta frenético de “sí lo dijiste”, “no, lo dije”, “sí, lo dijiste”, hasta que alguno proponga algún otro método de agresión o defensa.
Cada varios minutos de coléricos gritos sin sentido aparecen largos silencios para recargar argumentos. Algunos pocos logran sortear el fuego cruzado y hacer un mínimo efecto en el otro. Ya ni siquiera sabemos bien por qué discutimos. Fuimos y vinimos por distintos temas según la conveniencia de cada uno. Exageramos, mentimos, y hasta nos fuimos por las ramas para fingir olvidarnos algún comentario no muy feliz que dijimos y en el fondo sabemos que estuvo fuera de lugar.
Cansados. Débiles. Vulnerables. El daño recibido y provocado despierta nuestros sentimientos hacia el otro. Tomamos consciencia de cuánto nos queremos realmente. Nos vemos con “otros ojos” y esto nos afloja. Nos libera y la bronca va desapareciendo… Con tal de terminar, guardamos los reproches que todavía no usamos. No existe una conversación que pueda cerrar todas las heridas ni argumentos que puedan contrarrestar todo lo expresado. Es un camino que no se recorre en sentido inverso, sino que se vuelve a través de algún atajo. El silencio, la paciencia, el amor. Uno de los dos tiene un mejor manejo del orgullo y con la ternura de un niño o una niña, pregunta: ¿Nos damos un abrazo y nos amigamos?
¡Y sí! Claro que nos amigamos… Claro que sí… pero lo que a mí me pasa es que no puedo. No es que no quiero, simplemente, ¡no puedo abrazarte! ¡No puedo! Está todo bien, pero no puedo pasar así como así, ¡a un abrazo! No sería natural. Es una emoción violenta que no sé manejar. No puedo hacerlo tan rápido, no me sale. Te pido disculpas. Si querés suma esto a tu lista de reproches. Necesito tiempo, no sé… necesito que pase algo. Que llegue alguien, que me llamen o me escriban, que se largue a llover o que pase un ángel. Me declaro incompetente. No es natural para mí abrazarte, menos darte un beso. No lo siento. Te lo estaría dando, pero en el durante, siento los golpes, todavía en mi cabeza resuenan tantos planteos. Por momentos dudé muy fuerte de mí como persona. De mis valores, de mi generosidad, ¡de mi todo! Mi cerebro está girando sobre su eje todavía. Mis pulsaciones siguen altas. Estoy aturdido. Quiero un abrazo, pero no sé si el tuyo. El de mi mamá, tal vez. Quiero ser un nene. Me siento como uno. ¡Tengo ganas de llorar!
¿Por qué nos hicimos esto? ¿Adónde irá a parar todo lo que nos dijimos? ¿Podremos olvidarlo? ¿De verdad querés que te abrace? Soy el mismo que hace unos minutos o unas horas dije cosas horribles. Ya sé que ya sabés que no las pienso, pero sé que sabés que por algo las dije. No es de rencoroso que lo pregunto, no es de orgulloso, pero ¿sabés por qué pregunto? Porque hoy trajimos varias cosas de discusiones anteriores. Me recriminaste cosas por las que ya pedí perdón y al mencionarlo, me saliste con que ese perdón no fue sincero. ¿Nos vamos a dar un abrazo ahora, del que mañana se va a juzgar su sinceridad? Más de la mitad de esta discusión es una reedición de las anteriores. Hay cosas de las que claramente todavía no nos pusimos de acuerdo. ¿Habrán vuelto a aparecer porque la vez pasada nos abrazamos muy rápido? ¿Por qué me mirás así? ¡Sí quiero terminar de discutir!, pero… bueno, está bien, dame un abrazo.
